Las pésimas prácticas de Velasco

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Concejal Carlos Jara

El rol que consiguió Velasco, quedar como una especie de censor o evaluador de quienes representan en Chile la podredumbre política, se ha cimentado en una podredumbre extra plus, la de recibir en secreto dinero de aquellos a los que decía combatir. Enfrentado a las revelaciones de un caso que mostrará mucho de cómo funciona la máquina política chilena, Velasco, el de las buenas prácticas, en lugar de dar la cara, que es lo que corresponde a una figura pública duramente cuestionada por los hechos, ha huido del país sin decir palabra.

fuente: www.elmostrador.cl
 
El caso de Andrés Velasco debería marcar un antes y un después en la insalubre política chilena. En efecto, este joven y dinámico político se presentó ante sus pares y ante la ciudadanía como un integrante de la coalición de Bachelet, la Nueva Mayoría, aunque con algunas discrepancias, con un tono más liberal. Quería ser nominado candidato a la Presidencia, arrastrando así, en caso de ganar, todos los votos de la coalición de centro izquierda. Participó en las primarias levantando un buen porcentaje de preferencias, un 13%, con un discurso consistente en ser más liberales y, sobre todo, erradicar las malas prácticas en política. Más transparencia, decía. Que se sepa quiénes financian a los políticos, añadía.
 
Propuso un estilo joven, liberal, inclusivo, limpio, con un sitio web seductor y algunos gestos en pro de los derechos individuales. Siguió en campaña después de que las primarias se decidieron ampliamente a favor de Bachelet, adhiriendo a ella, ayudando a algunos candidatos de la Nueva Mayoría y atacando a otros. Era invitado una y otra vez a los foros televisivos o radiales de conversación. Continuó como portada de diarios y revistas. Creó el movimiento Fuerza Pública, donde estaba él junto a unos amigos. Situación de fuerte visibilidad algo anómala para un ex candidato, finalmente, derrotado.
 
Pues bien, su erradicación de las malas prácticas estaba financiada, lo sabemos ahora, por quienes, desde la coalición opuesta a la Nueva Mayoría, financian desde hace largo tiempo, regular o irregularmente, reservadamente o no, a los políticos que se hacen llamar de centro derecha y que son más bien, por su vinculación histórica con la dictadura, de extrema derecha.
 
Velasco aparece hoy, ante quienes logran darse cuenta de este embrollo, como un infiltrado, como un agente de la coalición opuesta a los cambios dentro de la coalición que pretende llevarlos adelante.
 
El rol que consiguió Velasco, quedar como una especie de censor o evaluador de quienes representan en Chile la podredumbre política, se ha cimentado en una podredumbre extra plus, la de recibir en secreto dinero de aquellos a los que decía combatir. Enfrentado a las revelaciones de un caso que mostrará mucho de cómo funciona la máquina política chilena, Velasco, el de las buenas prácticas, en lugar de dar la cara, que es lo que corresponde a una figura pública duramente cuestionada por los hechos, ha huido del país sin decir palabra.
 
 Y no sólo se trata de trabajar en secreto para el enemigo sino además de irregularidades contables o delitos tributarios, eso está por verse.
 
Este episodio deja a la vista que nuestra política, la chilena, como la de la mayoría de los países democráticos de hoy, está desprestigiada no por uno u otro episodio de corrupción, sino que es estructuralmente corrupta. Existe una máquina cuya finalidad es que la opinión de las mayorías no cuente, dejando en cambio la vía libre para que manden en el país personas y grupos que no han sido elegidos, y que operan desde la sombra.
 
Esta máquina de distorsión de la voluntad popular se basa en el miedo de los poderosos a la gente normal, en la imposición en democracia de similares reglas a las que teníamos en dictadura, sólo que mediante un mecanismo más sutil pero no menos eficaz.
 
En el caso de Velasco vemos aparecer a la vista algunos rasgos de este mecanismo. En primer lugar, el financiamiento reservado, es decir, en verdad oculto y corrupto de las campañas políticas. Quien quiera ser candidato en Chile es empujado a la corrupción por la vía del financiamiento de su campaña. Son poquísimos los parlamentarios actuales que se han decidido por financiar sus campañas al margen de empresas y aportes reservados. Y los hay que acumulan unas cantidades exorbitantes.
 
Felipe Kast, también a la cabeza de un movimiento supuestamente regenerador de la política, es quien más aportes reservados ha recibido y según él eso no lo compromete a nada con los empresarios que le dieron plata, ya que ellos habrían actuado movidos –afirman– por la generosidad, dejándolo en libertad. Vamos, Kast, en el mercado cuando unos empresarios meten más de doscientos millones en algo, exigen de vuelta sus utilidades y su capital, y así es como se van deformando las leyes, lo estamos viendo en educación o en la reforma tributaria. Kast y Velasco son productos exitosos dentro del mercado de la política.
 
Pero la política, la decente, no es un mercado. Es el entorno o la trama dentro de la cual se deciden los asuntos públicos. Entiende uno que a ciertos espíritus refinados o descreídos les da lata pensar en los asuntos públicos y prefieren considerarlos perdidos, dejándolos en manos de la podredumbre. No debe ser así si somos ciudadanos educados. Lo público existe y nos afecta, y desde que hay sociedades ha existido el anhelo de que se haga no lo que un jefazo o una casta deciden arbitrariamente, sino lo que la mayoría disponga, con respeto a los derechos de las personas.
 
 El adecentamiento de la política es hoy un anhelo de muchos, y por eso aparecen estos políticos doblemente corruptos que allegan popularidad hablando sobre buenas prácticas, a la vez que a escondidas reciben dinero y apoyo de quienes no creen en la política ciudadana ni en la democracia.
Al mismo tiempo, la amplia visibilidad de Velasco en los medios nos lleva a preguntarnos si es decente que estos estén en manos de unos cuantos millonarios. Los medios amplifican, como los financiamientos reservados, la presencia de algunos candidatos, perjudicando a los que no cuentan con su apoyo. Y en esa diferencia se juega muchas veces la elección no de quien tiene más respaldo popular, sino de otro que ha sabido venderse mejor a los poderes duros.
 
Uno piensa, por ejemplo, en el rol como de parlamento mediático que han adquirido programas como “Tolerancia Cero”. Estos programas no son parlamentos ciudadanos, sino productos de la mercadotecnia política, y tanto sus panelistas como sus invitados y sus pautas obedecen a grupos a los que no conocemos.
 
Hay aún dos o tres mecanismos que, unidos a los anteriores, garantizan la podredumbre de la política.
Uno es el sistema binominal duopólico que deja sin voz a la mayoría a través de diversos ingeniosos mecanismos que distorsionan el voto.
 
Otro, el pase de los políticos retirados a  los directorios de las grandes empresas, que revela finalmente que esos políticos obedecían no a sus electores sino a sus financistas. Síganles la pista a los ex ministros de la dictadura y de la democracia, da lo mismo.
 
Finalmente, la extrema quietud de las personas comunes y corrientes una vez que han ido (o no) a votar deja en libertad de manejos a los representantes. En el caso de la educación se vio que lo que se manejaba entre políticos no obedecía al sentir de las mayorías.
 
Llama fuertemente la atención en estos episodios no sólo el silencio de Velasco, sino el de casi todos los parlamentarios a excepción de unos pocos que no se benefician de los aportes reservados, sea por su decencia, sea porque su producto no ha tenido éxito en el mercado de los aportes reservados.
 
Uno piensa de inmediato que nuestros políticos están casi todos tocados por el mismo mal. Unos más y otros menos, son en verdad sujetos de la compra y de la venta, costras visibles del poder oculto, y no representantes de la opinión, los sentimientos y los intereses de aquellos a quienes dicen representar. Estamos, nos lo señala el caso Velasco, en el país de las pésimas prácticas.
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