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(*) por Celso Espinoza R. |
En pleno curso de nuestro nuevo siglo los pronósticos no resultan muy alentadores si no se consigue dar un vuelco radical a las formas de organización política, social y económica de los actuales estados nacionales. Más dramático resulta este panorama si damos una mirada al pasado y consentimos que los modelos de desarrollo imperantes durante el siglo pasado no fueron exitosos para la mayoría de los países del urbe, el ensayista español Fernando Savater señalaba en su texto El mito nacionalista que “el pasado ha fracasado como demuestra el presente” . Precisamente, la abdicación del “estado protector”y el fracaso del modelo de desarrollo hacia dentro, han dejado el camino libre para la instalación definitiva de un modelo capitalista intrínsecamente depredador.
La retórica de la globalización demanda nuevas respuestas de cada sociedad para concurrir al mercado mundial, ahora bien los principios de autorregulación de este mercado son categóricos pues, quien no sea competitivo de manera eficiente estará en camino de la desintegración. Queda claro que la mayor herencia del siglo XX ha sido precisamente la desigualdad social y la miseria, los sueños de mayor justicia no pasan de ser una quimera para el mejor de los soñadores. En consecuencia, pareciera ser que todavía no se tiene real comprensión de los impactos negativos que puede tener el proceso de globalización para economías no consolidadas, la herencia legada más la ineficacia de transformar nuestros patrones de organización social y económica se pueden convertir en la sentencia definitiva para nuestros países.
Frente a este oscuro panorama surgen algunas preguntas obligadas: ¿quedan sueños?, ¿se ve alguna solución concreta a esta encrucijada de supervivencia?. Respecto a la primera pregunta, debemos decir que sí, siempre quedarán sueños, la cuestión es hasta cuando tenemos permitido soñar, puede ser que nuestra capacidad soñadora también tenga un rango de tolerancia, o quizás sea el último sueño permitido. Nos permitimos estas últimas reflexiones, pues provoca pavor escuchar a muchos educadores que no comprenden la urgencia de éxito que debe tener la actual reforma educativa, con seguridad, todos nosotros hemos hecho una radiografía de nuestra sociedad y compartimos el diagnóstico (ausencia de valores, consumismo, hedonismo, violencia, individualismo, etc), sin embargo, no nos damos cuenta que el único medio posible de transformación social, es precisamente, la educación.
Respecto a la segunda pregunta, ya nos adelantamos en dar la única respuesta posible. Utilizando mañosamente el nombre del texto la “riqueza de la naciones (A. Smith), podemos reconocer a igual que tal autor que el progreso de las naciones se sustenta sobre la base de la tuición de ciertos elementos claves, pero que tales elementos ya no son los recursos económicos y los medios de producción, ahora, por el contrario la verdadera riqueza de la naciones es el “conocimiento”. Entonces con cierto optimismo, podemos afirmar que la brecha de la injusticia y la pobreza puede ser minimizada a través de la educación, educación que se transforma entonces en una apuesta para el progreso, el bienestar y el desarrollo. A juicio del autor español Javier Pérez Martínez “el futuro estará en manos de los países que sean capaces de inyectar los mayores recursos en la formación de sus jóvenes”.
En 1996, se presenta frente a la UNESCO el Informe Delors (“La Educación encierra un tesoro”), en donde se señala de manera magistral el camino por donde debe transitar la educación del siglo XXI. En tal informe se entregan cuatro pilares que deberían impactar sobre las prácticas pedagógicas de todos los docentes:
a) Aprender a aprender y a conocer.
b) Aprender a ser.
c) Aprender a hacer.
d) Aprender a vivir con los demás.
En esta sociedad del conocimiento, resulta fundamental que los alumnos no aprendan cualquier cosa sino aquello que sea realmente significativo y que le permita un proceso de formación permanente, estamos diciendo que el desafío pedagógico debe estar puesto en el desarrollo de las competencias, es decir, en las habilidades, destrezas y aptitudes que permitan aprender para toda la vida. En una sociedad tan cambiante, los nuevos actores sociales del milenio deben estar preparados para moverse en escenarios distintos, con un patrón psicológico definido y estable que de cuenta de sus atributos personales y que por último sea un aporte a su entorno para mejorar las relaciones de convivencia social.
El reto que nos ofrece el destino es único, somos los profesores los llamados a cambiar el mañana y construir una sociedad más justa. Hoy por hoy, se admite que la educación es el medio más plausible de transformación social, debemos entonces tener la capacidad de gestionar sistemas educativos responsables, progresistas, solidarios e integradores que permitan modelar los nuevos recursos humanos del mañana.
Pocas veces, la educación ha alcanzado ribetes de importancia tan relevantes como en estos últimos años, de la misma forma, pocas veces nuestra posición de profesores ha tenido un valor profesional tal significativo. Cierto puede ser que ello no se refleja en los ingresos de cada uno, pero ¿estamos preparados para aceptar este desafío?, ¿comprendemos que ya no se trata simplemente de practicar el aprendizaje formal?, ¿tenemos asumido el rol que nos compete en este nuevo siglo?. Lo más probable es que demos respuesta afirmativa a estas últimas interrogantes, sin embargo, si fracasamos en el intento ¿estamos preparados para rendir cuentas en un mañana cercano?.
(*) Profesor de Historia y Geografía.Licenciado en Educación
Magister(c) en Gestión y Planificación en Educación
Artículo publicado: www.labatalla.cl
EDUCACIÓN Y SOCIEDAD











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